El Lao zi (Tao Te Ching) es un
libro oscuro. Uno de los “tres misteriosos” en compañía del Yi jing y el
Zhuan zi. No es, pues, de extrañar que a la hora de interpretar, ni los
autores chinos se pongan de
acuerdo. Desacuerdo que llega, muchas veces,
a la confrontación. En
realidad, el Lao zi es una fuente
inagotable. Cada cual puede beber de
él hasta sentirse satisfecho. Fervorosos
creyentes, ateos convencidos,
materialistas dialécticos, idealistas
subjetivos y objetivos, todos podrán encontrar en él sugerencias e
inspiración para confirmarse en
sus posturas. El Lao zi es manual para
el gobernante y evangelio
para el ácrata, norte y guía para el
guerrero y justificación para el
hombre de paz y refugio para el que
huye del mundo. Todos pueden
leerse en el Lao zi. Todos, menos los
soberbios, los ambiciosos y los
hombre vulgares. “Nadie hay en el mundo
capaz de comprender mis
palabras.”
Cap.
I (según ordenamiento realizado por J. I. Preciado)
El
Hombre de virtud superior no tiene virtud,
y
por ello precisamente la posee.
El
Hombre de virtud inferior se aferra a la virtud,
y
por ello precisamente carece de ella.
El
hombre de virtud superios no actúa,
ni
pretende alcanzar fin alguno.
Quien
posee la rectitud superior actúa,
pero
no pretende alcanzar fin alguno.
Quien
posee la rectitud superior actúa,
y
pretende alcanzar un fin.
Quien
se conforma a los ritos actúa y cuando
alguien
no corresponde ,
extiende
sus brazos y le obliga a someterse.
De
modo que trás la pérdida del dao aparece la virtud,
trás la pérdida de la virtud aparece la
bondad,
trás
la pérdida de la bondad aparece la
rectitud,
trás
la pérdida de la rectitud aparecen los
ritos.
Los
ritos, pues, suponen un debilitamiento de la lealtad
y la confianza,
y
son el principio del desorden.
Los
conocimientos son la superficie del dao,
y el
principio de la necedad.
Por
eso el sabio se mantiene en el fondo
y no
en la superficie,
se
mantiene en el centro y no en el extremo.
De
manera que rehusa lo un y adopta lo otro.
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